
La rueda vuelve a girar: entre el cinismo, el hambre y la esperanza
Martín OrellanoOtra vez estamos ahí. Frente a un nuevo ciclo de endeudamiento, exclusión y destrucción del tejido social. Un camino ya recorrido, con nombres nuevos y resultados repetidos: hambre, desocupación, fábricas cerradas, pibes fuera de la escuela, viejos sin remedios. Lo conocemos bien. Sabemos cómo empieza. Y sabemos, aunque no siempre sepamos cuándo, cómo termina.
Pero esta vez hay algo distinto. La novedad es la crueldad desembozada. Ya no hay maquillaje, ya no hay justificación técnica ni promesas de futuro. Ahora te lo dicen en la cara, con sorna: "esto es lo que los argentinos de bien están pidiendo". La miseria como mandato moral. El ajuste como castigo ejemplar. La insensibilidad convertida en virtud.
Mientras tanto, la rueda gira. Esa rueda tan argentina que tiene sus etapas marcadas con precisión quirúrgica. Primero, el desastre neoliberal. Luego, la reacción popular. Después, una etapa de recuperación y redistribución. Y finalmente, el voto de clase media que vuelve a elegir el castigo antes que compartir. Y de nuevo, el derrumbe.

Pero esta vez, hay señales. Hace una semana, en Santa Fe, el panperonismo superó al oficialismo. No pasaba hace tiempo. Nombres nuevos, construcciones abiertas, votos populares que resisten el cinismo.
Y en la ciudad, lo que se ve en la calle duele. Duele el pibe que camina sin medias, el que rebusca en los contenedores, la madre que reparte currículums con el último pasaje. Pero quizás duele más la indiferencia: esa mirada que se esquiva, ese comentario que justifica, ese desinterés disfrazado de cansancio. Y el derrotismo. El “para qué votar, si nada cambia”.
“Primero se llevaron a los comunistas, y yo no hablé…” suele atribuirse a Bertolt Brecht, aunque en realidad es del pastor Martin Niemöller. Pero lo cierto es que ese verso —ese aviso implícito— encierra una lección vigente: la indiferencia se prepara en pequeñas renuncias. Primero callamos cuando el ajuste no nos afecta; después, cuando toca, ya no hay nadie para hablar por los que quedan afuera. Y está claro que hoy muchos callan, convencidos de que el hambre no es su problema, de que la miseria “no es con ellos”.
Y como decía Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina, “nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza para alimentar la prosperidad de otros”. En un país que se endeuda para sostener privilegios, no para construir futuro, la deuda es una rueda perversa que solo defiende intereses externos, mientras nosotros pagamos con hambre y exclusión.
El problema no es que la rueda gire. El problema es quedarnos quietos mirando cómo gira.
Nos toca estar presentes. Nombrar lo que pasa. Organizar lo que falta. Tender la mano al que viene atrás.
No por heroísmo.
Por responsabilidad.
Que me pregunten por qué hice algo que no alcanzó.
Pero que nunca me pregunten por qué no hice nada.



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