
Se acerca el año 2026 y se suelen hacer balances en todos los niveles de nuestra vida, donde la actividad de las organizaciones políticas, sindicales, sociales, intermedias y comunitarias debería estar incluida en los mismos.
Por estos días en que las calles huelen a gas lacrimógeno y los precios cambian más rápido que las indicaciones de JP Morgan, se cumple cincuenta y un años de la muerte de Juan Domingo Perón.
Editoriales - #NuestraMirada01/07/2025 Selva Bobadilla RamseyerEl dato podría quedar relegado a una efeméride protocolar, a una mención sin énfasis en noticieros domesticados. Pero sería un error —uno de esos errores graves que la historia argentina no puede permitirse repetir.

Perón muere el 1° de julio de 1974 dejando al país en una crisis profunda. Una inflación que por entonces rondaba el 60% anual, que para la época era un escándalo. Una violencia política creciente, que lejos de ser exclusiva de las organizaciones armadas, ya que provenía (mal que nos pese) también desde el aparato del Estado, con la Triple A repartiendo plomo y listas negras. Una economía fracturada entre la presión de un empresariado prebendario, la puja de sectores obreros organizados y un frente externo que ya operaba para instalar condiciones de saqueo.
Pero lo central de aquel contexto no estaba sólo en lo local. El mapa geopolítico de los años setenta era de Guerra Fría explícita, con Estados Unidos decidido a sofocar cualquier ensayo nacional-popular en América Latina. Chile con Allende había caído apenas meses antes, Brasil ya estaba bajo dictadura desde el ‘64, y Uruguay transitaba la clausura democrática bajo las mismas recetas de control social, censura, represión y endeudamiento con el capital financiero internacional. A Perón, en su tercer gobierno, le tocó moverse en ese ajedrez regional, intentando preservar márgenes de soberanía económica en medio de un cerco que se estrechaba.
El mismo FMI que hoy regula desde Washington el margen de acción de los gobiernos, comenzaba a operar entonces con similar impudicia. Y la deuda externa que sobrevendría tras su muerte fue, en buena medida, la excusa que justificaría la llegada de la dictadura y su plan económico de transferencia brutal de recursos hacia los sectores más concentrados.
La rima en el presente
Cincuenta y un años después, la Argentina repite aquellas tensiones con nuevas formas. La crisis económica actual, con una inflación desbocada, pobreza que llegó al 52,9% (aunque ahora quieran forzar con dudasas mediciones una retracción al 38.1% que no se ve reflejado en la realidad), caída del salario real y endeudamiento récord con el Fondo Monetario Internacional, no es un accidente ni el resultado de incompetencia técnica. Es, como entonces, una estrategia política y geopolítica.
Javier Milei propone, con el respaldo explícito de Estados Unidos, una versión posmoderna de las políticas de Martínez de Hoz. Apertura indiscriminada de importaciones, desregulación absoluta del mercado financiero, entrega de recursos estratégicos a corporaciones extranjeras, y disciplinamiento social vía represión legalizada y control mediático. Una vieja receta para un problema que no para de profundizarse con su accionar.
Lo que está en juego, como en los ‘70, es la inserción de la Argentina en el nuevo mapa mundial. Un escenario donde la disputa entre Estados Unidos y China por la hegemonía global utiliza a América Latina como tablero de recursos naturales, mano de obra barata y mercado financiero especulativo.
El litio, los alimentos, la energía y el agua dulce vuelven a ser las variables estratégicas. Y la clase política local —dividida entre una derecha colonial y un campo nacional-popular disperso pero latente— oscila entre alinearse dócilmente al capital extranjero o buscar, como en tiempos de Perón, márgenes de soberanía, aunque no se vislumbre todavía cual es ese plan de acción que conducirá a tan ansiado destino.
Pero hoy hay además un dato no menor: la multipolaridad incipiente, con el ascenso de los BRICS, el debilitamiento relativo de Estados Unidos y el avance comercial de China en la región, ofrece ventanas de oportunidad que no existían en los años ’70. La pregunta es quién las aprovechará. Mientras, el presidente parece obviar esto e inclinarse a jugar a los soldaditos en un conflicto que otrora ya nos salió caro por el solo hecho de asomar las narices.
El precio de la desmemoria
El intento de borrar la memoria histórica no es casual. El negacionismo de la dictadura, la demonización del peronismo y de toda experiencia nacional-popular tiene por objetivo impedir que se lea la coyuntura actual con categorías que permitan organizar una respuesta política.
Así como en 1974 la muerte de Perón dejó al país sin conducción política para resistir el avance neoliberal que se venía, hoy la ausencia de liderazgos nacionales con vocación transformadora facilita que las derechas administren la crisis sin mayores obstáculos.
Los poderes económicos, ayer y hoy, comprenden que una sociedad despolitizada, fragmentada y desesperanzada es terreno fértil para el saqueo.
Lo que enseña la historia
Perón dejó escrito en uno de sus últimos discursos una frase que parece tallada para el presente:
“La verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo. Cuando un gobierno defiende otros intereses, deja de ser gobierno para convertirse en una dictadura encubierta”.

Cincuenta y un años después, Argentina asiste a una dictadura del mercado, encubierta bajo formas institucionales, con prensa cómplice y jueces funcionales. La única garantía frente a eso, como en cada ciclo regresivo de nuestra historia, es la organización popular.
El problema —y la ventaja— de quienes pretenden administrar el país para pocos, es que subestiman la memoria de los pueblos. Y aunque intenten encapsular a Perón en un bronce, su legado sigue latiendo en cada pelea por el salario, en cada protesta contra el ajuste, en cada asamblea barrial, en cada pibe que lee historia y entiende que no todo comenzó en 2001.
El futuro en disputa
La coyuntura regional avanza hacia una polarización entre gobiernos neoliberales duros y experiencias populares que resisten y regresan. Brasil con Lula, Colombia con Petro, México con Claudia Sheinbaum, Boric en Chile... Argentina, hoy en manos de un proyecto libertario de ultraderecha, podrá oscilar entre resignarse al lugar de colonia financiera o gestar, como tantas veces en su historia, una contraofensiva nacional y popular.
Lo que ocurra dependerá, como siempre, de la capacidad de los sectores organizados de construir una alternativa. Y de recordar, en medio del ruido, esa advertencia de Perón:
“Mi único heredero es el pueblo. Los hombres pasan, pero las causas quedan y se renuevan en los pueblos cuando estos son dignos de sus destinos”.
Habrá que ver si lo somos.

Se acerca el año 2026 y se suelen hacer balances en todos los niveles de nuestra vida, donde la actividad de las organizaciones políticas, sindicales, sociales, intermedias y comunitarias debería estar incluida en los mismos.

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