
Grietas Necesarias, Abismos Peligrosos
Martín OrellanoHay frases que se repiten tanto que se vacían. “La Grieta”, por ejemplo. Como si fuera una moda reciente. Como si no hubiéramos nacido y crecido en un país partido desde su propio origen.
En realidad, la primera grieta no fue ni peronista ni antiperonista. La primera grieta es fundacional. Moreno y Saavedra en la Primera Junta.
Un proyecto de Derechos versus un proyecto de Privilegios. Una Argentina para todos versus una Argentina para pocos. La historia que vino después fue variando los nombres, los bandos, las excusas… pero la línea de fractura sigue estando ahí.

Lo que cambia es cómo se disputa.
Y ahí es donde entra el poder simbólico.
La estigmatización.
La marca.
El señalamiento.
Lo que Giorgio Agamben llamó Homo Sacer. Ese sujeto al que se lo puede excluir, humillar, golpear, o incluso eliminar… sin consecuencias morales para quien lo hace.
En la Argentina del siglo XXI, a ese Homo Sacer le pusieron la letra "K"
.
El mecanismo es sencillo. No hace falta discutir ideas, ni argumentos, ni historia. Alcanza con asignar la marca. “Es K”. Y con eso basta. Invalida todo lo que diga. Lo convierte en culpable, en sospechoso, en objeto de burla o de odio.
La persecución mediática al peronismo, y más específicamente al kirchnerismo, operó con esa lógica. No se trata sólo de debate político. Es un dispositivo de exclusión. De construcción del enemigo interno.
Y en ese clima, lo que se vuelve casi imposible es la comunicación efectiva con quien no piensa igual.
Porque ya no hay diálogo.
Hay trincheras.
Hay etiqueta.
Hay una lengua que no se cruza.
Y sin diálogo, no hay democracia que aguante.
La política siempre será disputa. De modelos, de intereses, de visiones del mundo. Podemos, y debemos, discutir la acumulación o la distribución de la riqueza.
Es el ABC de cualquier sociedad en movimiento.
Pero hay cosas que no se discuten.

No se discute si las Malvinas son argentinas.
No se discute si los desaparecidos existieron.
No se discute si los golpes militares fueron crímenes.
No se discute si la democracia es el único camino.
Podemos debatir casi todo.
Pero no podemos debatir lo que hace posible el debate.
Y cuando un sector decide que sí se puede discutir todo —incluso aquello que nos constituye como sociedad— ya no estamos hablando de diálogo.
Estamos hablando de otra cosa.
De provocación.
De odio.
De la voluntad de borrar al otro.
De anular su palabra.
De negarle la historia.
De borrarlo de las escuelas.
De convertirlo en chiste, meme, enemigo.
De marcarlo con una letra.
De escupirle la cara.
De dispararle en la cabeza a una ex presidenta.
Y cuando eso pasa, la grieta ya no es política.
Es un abismo.
Es un límite.
Es la línea que separa a quienes todavía quieren un país...
...de quienes sólo quieren un enemigo.
Y en "música para leer"



Crónica de la urgencia de reconstruir la esperanza política






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