
La Soberanía del Pañuelo Blanco
Martín OrellanoHay metáforas poderosas. Que significan más de lo que enuncian, que permiten que un día nos sirva de excusa para aunar dos nombres que son caros a los sentimientos de quienes tenemos un significado profundo por la palabra Soberanía y por la palabra Hebe.
La soberanía no es solo defender los límites geográficos, ni la boca de un río como en la Vuelta de Obligado en 1845. La soberanía más profunda es defender la ética de la nación, es no entregar la memoria, es pelear por lo propio y por los propios, ser con otros.
Hebe, como aquellos bravos gauchos, se plantó ante una fuerza infinitamente superior como fue la máquina de la impunidad y el terrorismo de Estado. Y con su cuerpo de mujer común, convirtió su dolor en una defensa innegociable de la soberanía popular.
Antes de esa batalla, estaba Kika, una mujer tranquila, apolítica, con su vida en orden que estaba en un hogar de clase media, que tenía dos hijos, que iba a misa los domingos. Pero cuando el terrorismo de Estado se llevó a Jorge, Raúl y María Elena, esa mujer, a quien sus cercanos llamaban Kika, murió.

Ella siempre lo dijo con la crudeza de la verdad: "Mis hijos me parieron". La Hebe que conocimos, la militante incansable, nació en el espanto y la oscuridad de un proceso militar, de un plan de exterminio, de violencia nefasta, de un horror, a los 48 años.
Y esa madre recién nacida, junto a otras, encontró en la Plaza de Mayo el único lugar posible. Convirtieron el centro del poder en el epicentro de la disidencia y de la lucha. Y la suya nunca fue una voz para contentar. No buscó el consenso cómodo ni la palabra medida.
La voz de Hebe fue furia, fue dolor, fue grito y fue puño cerrado.
Su voz nunca fue políticamente correcta; fue la urgencia de la vida y cada jueves, en esa Plaza, tuvimos el lujo como sociedad de pertenecer a un tiempo histórico que pudo escuchar a alguien que decía, sin filtros ni cobardías, lo que pensaba.
Una distinta, entre tanto chacal, tanto farabute, entre tanta falsedad y entreguismo, en un mundo de medias tintas, ella eligió levantar la mirada, levantar la voz, para decir su verdad, de frente al mundo, de frente a la Historia, desde su magnífica integridad.
Fue en esa ética radical donde se consolidó la Socialización de la Maternidad. Las Madres nos enseñaron que los hijos de todas eran los hijos de todas. Abandonaron el nombre propio para hablar de los 30.000 desaparecidos como una pérdida irreparable y colectiva.
Claro que generó controversia y rupturas, como la división con la Línea Fundadora. Porque Hebe era de convicciones innegociables, imbatible, una de esas "imprescindibles" de las que hablaba Brecht.
Una elección de vida de tal magnitud la llevó a tomar decisiones políticas inquebrantables. Cuando el Estado, años después, ofreció la reparación económica, Hebe se negó.
Para ella, la vida de sus hijos, el compromiso por el que habían luchado, no tenía precio y esa idea no fue una metáfora, fue literalidad pura. La lucha no era por dinero, sino por la Memoria, por la Verdad y por la Justicia.
Su gran legado es haber demostrado que la lucha por la memoria es una tarea continua. Su batalla fue la forma más profunda de ejercer esa soberanía, la que no permite que el Estado niegue a sus hijos.
Hebe, madre del dolor, de la esperanza y del amor, nos dejó un mandato ineludible.
Por eso, su recuerdo no puede ser estático, sino un llamado a la memoria activa ante cualquier opresión o negacionismo.
Su pañuelo blanco no es solo un recuerdo, es un mandato ineludible de lucha y de justicia que sigue latiendo en la Plaza de Mayo y en cada rincón donde se defiende la soberanía de la memoria argentina.


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