
Se acerca el año 2026 y se suelen hacer balances en todos los niveles de nuestra vida, donde la actividad de las organizaciones políticas, sindicales, sociales, intermedias y comunitarias debería estar incluida en los mismos.
El reciente discurso del presidente Javier Milei en la celebración del Día de la Industria ha dejado una frase que resuena como un eco inquietante: “Vinimos a achicar el Estado para agrandarles el bolsillo a ustedes”. Estas palabras, dirigidas a los principales actores de la política económica argentina, revelan no solo la esencia de su programa de gobierno, sino también las profundas contradicciones y peligros que acechan detrás de su retórica.
Editoriales - #NuestraMirada02/09/2024
Martín Orellano
El mundo empresario argentino se hizo presente en el edificio de la Unión Industrial Argentina (UIA) para recibir y escuchar al presidente Javier Milei, quien llegó a la entidad para participar en un nuevo acto por el Día de la Industria.
Alejandro Bulgheroni (PAE), Martín Cabrales (Cabrales), Martín Berardi (Ternium), Javier Martínez Álvarez (Tenaris), Javier Goñi (Ledesma), Jaime Campos (AEA), Carlos Galmarini (Ford) y Gustavo Weiss (Camarco) fueron algunos de los que desde temprano comenzaron a circular por las clásicas escaleras blancas de la sede fabril.

“Sepan que van a encontrar en mí a un aliado del sector privado. Cuando un empresario gana dinero, es un benefactor social”, dijo Milei en el inicio de su discurso y los aplausos rabiaron.
Pero no quedó ahí.
“Vinimos a achicar al Estado para agrandarles el bolsillo a ustedes”, agregó el Presidente
Aunque los números están lejos de sostener ese aplauso.
Según la última encuesta de la UIA, en agosto casi cuatro de cada 10 empresas en el país muestran todavía una merma en su producción. A su vez, una de cada seis reconoce que están reduciendo su nivel de actividad.
Los últimos datos del INDEC (junio) también muestran números a la baja. A excepción de febrero de este año, la industria acumula 14 meses consecutivos de contracción del nivel de actividad.
Así lo refleja el IPI (índice de Producción Industrial), que cerró junio con un desplome del 20,1% interanual (16,1% de caída acumulado en el primer semestre).

Desde la época en que la consigna "Achicar el Estado para agrandar la Nación" se convirtió en un mantra del neoliberalismo en Argentina, el país ha sido testigo de las consecuencias de poner al mercado como eje central de la vida en sociedad.
La historia reciente está llena de ejemplos que demuestran cómo las políticas de libre mercado, impulsadas bajo la promesa de prosperidad, han dejado a su paso un rastro de miseria y hambre, erosionando el tejido social y ampliando la brecha entre ricos y pobres.
Milei, un ferviente defensor del fundamentalismo de mercado, parece continuar esta tradición con su declaración. Al afirmar que la reducción del Estado es el camino para engrosar los bolsillos de los ciudadanos, en realidad está confesando, quizás sin darse cuenta, el verdadero motivo detrás de su proyecto: favorecer a los poderosos a expensas de los más vulnerables.
Este tipo de afirmaciones son como la confesión de un crimen, en la que el autor revela su intención de sacrificar el bienestar colectivo en el altar de la acumulación individual.
La reducción del Estado no es simplemente un ajuste técnico o una política económica más; es una decisión ideológica que tiene implicaciones profundas y duraderas en la sociedad.
Un Estado reducido, debilitado y privatizado significa menos educación, menos salud, menos seguridad social. Significa un país donde los derechos básicos se convierten en privilegios accesibles solo para quienes pueden pagarlos. Significa, en última instancia, una nación más pequeña, más desigual, más injusta.
El libre mercado, cuando se deja sin regulación ni control, tiende a concentrar el poder y la riqueza en manos de unos pocos, mientras la mayoría lucha por sobrevivir. Las palabras de Milei no son solo un discurso de celebración; son una advertencia de lo que está por venir. Si la historia sirve de guía, sabemos que las políticas de ajuste y reducción del Estado no benefician a la mayoría, sino que amplían las desigualdades y dejan a los más vulnerables desprotegidos.
En lugar de achicar el Estado para agrandar los bolsillos de unos pocos, es imperativo pensar en un modelo de desarrollo que amplíe los horizontes de todos los ciudadanos. Un Estado fuerte y presente no es un obstáculo para la prosperidad, sino un pilar fundamental para garantizar que el crecimiento económico sea inclusivo y sostenible, que los derechos sean universales y que la dignidad de cada persona esté protegida.
La confesión de Milei debería encender todas las alarmas.
Es el exacto momento cuando el asesino confiesa el verdadero motivo de sus crímenes.

Mención aparte el grado de representatividad que tiene en este momento la Unión Industrial Argentina luego de la fractura que significara el proyecto, hoy convertido en Ley, del Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones, también conocido como RIGI.
El mismo en su implementación se verá acompañado de una enorme repercusión en una parte sustancial de los integrantes más pequeños de la industria argentina, dado que permite que estas grandes inversiones no sólo dejen de necesitar manufacturas locales, sino que se llevarían muchas materias primas que podrían faltar y afectar a la capacidad productiva local a una escala sin precedentes.
Los aplausos de las PYMES no estaban contados en las sonrisas de los que representan a las transnacionales que sí se van a quedar con la parte del león.
No se trata solo de una frase desafortunada, “Vinimos a achicar al Estado para agrandarles el bolsillo a ustedes”, sino de una declaración de intenciones que podría marcar el rumbo de Argentina hacia un futuro más incierto y desigual.
Es responsabilidad de todos los actores sociales y políticos resistir esta visión reductora y trabajar por un país donde el Estado no sea achicado, sino fortalecido, para agrandar no solo los bolsillos, sino las oportunidades, los derechos y el bienestar de toda la Nación.

Se acerca el año 2026 y se suelen hacer balances en todos los niveles de nuestra vida, donde la actividad de las organizaciones políticas, sindicales, sociales, intermedias y comunitarias debería estar incluida en los mismos.

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