
Así como en las rutas, en los rieles
Martín OrellanoLa política de retiro absoluto del Estado de sus funciones de planificación y mantenimiento ha comenzado a mostrar su cara más peligrosa en la infraestructura crítica de la provincia. El reciente accidente ferroviario ocurrido esta semana en Santa Fe, cuyas imágenes de vagones volcados recorrieron el país, no es un hecho aislado ni una fatalidad del azar, sino el resultado directo de una decisión política de abandono.
Mientras el Gobierno nacional sostiene el mantra de eliminar todo accionar público, la realidad en los rieles demuestra que la falta de mantenimiento y la parálisis de las obras estratégicas tienen consecuencias materiales inmediatas que, en el peor de los casos, derivan en tragedias humanas irreparables.
El caso del Plan Circunvalar Santa Fe es quizás el ejemplo más acabado de esta desidia. Se trata de una obra diseñada para retirar el tránsito de formaciones de carga del corazón de la ciudad, permitiendo que la producción regional se mueva de manera económica y segura hacia los puertos sin atravesar zonas densamente pobladas.
Sin embargo, lo que antes era un proyecto con un avance significativo, hoy es una postal de abandono donde la vegetación avanza sobre las estructuras de hormigón y las vías sin terminar. La paralización total de esta construcción obliga a que los trenes de gran porte sigan circulando por el ejido urbano, incrementando exponencialmente las posibilidades de siniestros como el registrado recientemente, que afortunadamente no terminó en víctimas fatales pero dejó una advertencia insoslayable.
Existe una desconexión preocupante en el imaginario popular entre estos desastres de infraestructura y las políticas de desregulación y ajuste fiscal. A menudo, el accidente se percibe como un evento fortuito, sin identificar que la seguridad ferroviaria depende estrictamente de una inversión sostenida que el mercado, por sí solo, no está interesado en proveer.
Lo que sucede en los rieles es un espejo de lo que ocurre en las rutas nacionales: la ausencia de mantenimiento preventivo y la interrupción de obras clave degradan el sistema de transporte hasta un punto de no retorno. Recuperar estos años de abandono demandará una inversión mucho mayor a la que se está "ahorrando" hoy, sin contar el costo social de convivir con un peligro latente en cada cruce de vías.

Una vecina del lugar dijo:
“Estaba mirando una película y me llamó la atención que pase el tren a esa hora. Además aumentaba la velocidad y a los pocos segundos se desencadenó todo. Fue un infierno. Fue terrible, fueron segundos, pero a mí me parecieron horas lo que viví. La casa temblaba, el chirriar de las ruedas del tren sobre las vías y el ruido que desencadenó el descarrilamiento fue terrible. Una experiencia muy desagradable” sostuvo la mujer.
Si bien señaló que “el tren no puede pasar por el centro de la ciudad y menos habiendo casas tan cerca”, la vecina precisó que las vías siguen en mal estado, el tren cuando pasa despacio se balancea y que la lluvia de todo el día completó el escenario para que se produzca el descarrilamiento.
Ni mención a la falta de Estado.
El diseño del mundo del trabajo y de la producción que se está configurando bajo este esquema de retiro estatal afecta a toda la comunidad santafesina. No se trata solo de un problema de logística para los grandes productores, sino de la seguridad de miles de ciudadanos que ven pasar formaciones pesadas por la puerta de sus casas sobre rieles que no reciben la atención técnica necesaria.
La culminación del Circunvalar habría resuelto de raíz el conflicto entre el desarrollo productivo y la vida urbana, pero en el escenario actual, la infraestructura pública ha pasado a ser una carga para el Estado en lugar de un motor de crecimiento y protección. El costo de esta inacción ya se está pagando con hierros retorcidos y el riesgo constante de una catástrofe mayor.


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