
Soberanía estadística: la CGT también medirá la inflación
La Mecha Encendiday establecer un piso de realidad indiscutible en las mesas de negociación paritaria.
La decisión de la Confederación General del Trabajo de confeccionar un índice inflacionario y de costo de vida propio, confirmada recientemente por el co-secretario general Cristian Jerónimo, representa un giro estratégico en la forma en que el movimiento obrero organizado interviene en la macroeconomía argentina. Esta iniciativa no debe leerse como un mero ejercicio administrativo o una oficina de datos más, sino como la recuperación de una herramienta de soberanía política y comunicacional. En un contexto donde la medición del aumento de precios suele ser el centro de una disputa semántica entre el Estado y el sector privado, que los trabajadores produzcan su propio diagnóstico técnico es, ante todo, un acto de autonomía de clase. El objetivo es que la realidad del bolsillo de quienes producen la riqueza deje de ser una interpretación ajena y pase a ser un dato duro, generado por y para el campo laboral.
Al convocar a académicos y equipos técnicos especializados, la central obrera eleva la vara de la discusión. Ya no se trata únicamente de la mística de la movilización o del legítimo reclamo por la pérdida del poder adquisitivo, sino de enfrentar a las cámaras empresariales con argumentos científicos que no puedan ser descalificados como meras pretensiones gremiales. La participación de profesionales y el rigor metodológico le otorgan al sindicato una posición de paridad discursiva frente a los tecnócratas del capital. Esta profesionalización de la lucha permite que el movimiento obrero deje de ser un receptor pasivo de las estadísticas oficiales, que muchas veces promedian realidades disímiles, para poner el foco en la canasta específica de consumo de los sectores populares, donde los alimentos y los servicios básicos impactan con mayor violencia.
Desde la perspectiva de la comunicación política, este movimiento busca quebrar la hegemonía de la información que suele favorecer a las patronales. Al sentarse a negociar con números propios, el sindicato recupera la iniciativa y obliga a su contraparte a explicar por qué sus mediciones difieren de la realidad tangible que los trabajadores viven cada vez que pasan por la caja de un supermercado. Se trata de ponerle nombre y apellido a la transferencia de recursos, de evidenciar quién gana y quién pierde en la carrera de los precios. Esta nueva herramienta se convierte en un escudo técnico que protege el salario de cualquier intento de licuación planificada, transformando la indignación frente a la inflación en una estrategia de defensa organizada. En definitiva, la CGT entiende que para defender el valor del trabajo en el siglo veintiuno, la formación y el control de la información son tan vitales como la presencia en las calles


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