
Resistencia popular en Bolivia: la militarización no frena la huelga general
La Mecha EncendidaLa medida, respaldada políticamente por los Estados Unidos, busca quebrar una huelga general que ya acumula cinco semanas de protestas ininterrumpidas contra la agenda de reformas neoliberales de la administración central. La aplicación inmediata de este esquema se materializó en el departamento de Santa Cruz, donde un masivo operativo conjunto entre la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas intentó desalojar de manera violenta los piquetes estratégicos apostados en la localidad de San Julián. A pesar del despliegue logístico y del fuerte aval político de varios ministros del gabinete que se trasladaron al lugar para escenificar un triunfo oficial ante las cámaras, la intervención militar terminó en un repliegue forzado ante la sorpresiva capacidad de organización de los pobladores locales.

El choque en la carretera de San Julián se extendió por más de cuatro horas de resistencia civil sostenida, donde comunidades enteras se movilizaron en bloque para repeler el avance de los blindados y los gases lacrimógenos, obligando finalmente al retroceso de los efectivos de seguridad. El conflicto, que tiene como consigna unificada la exigencia de renuncia del presidente Rodrigo Paz, registra un saldo trágico y un alarmante nivel de violencia institucional según los informes oficiales de la Defensoría del Pueblo. El organismo humanitario confirmó que la represión estatal ya provocó al menos diez personas muertas, 37 heridas de diversa gravedad y más de un centenar de manifestantes criminalizados bajo procesos judiciales expeditivos. La judicialización de la protesta y el uso de armamento militar en tareas de seguridad interior exponen la fragilidad de un gobierno que optó por clausurar los canales de negociación política para sostener un programa económico de fuerte rechazo popular.
Lejos de replegarse ante la violencia de los operativos oficiales, el foco de la insurrección pacífica se trasladó con fuerza hacia El Alto, la populosa urbe de mayoría indígena que custodia los accesos a la capital boliviana. En los barrios y distritos de esta ciudad se consolidó una dinámica de asambleas populares cotidianas donde los vecinos debaten de manera directa la continuidad de las medidas de fuerza, coordinan el abastecimiento de los piquetes y evalúan los próximos pasos del movimiento. Esta experiencia de deliberación comunitaria en las calles está configurando una estructura de democracia de base que desafía de manera directa la legitimidad formal del Palacio Quemado. La emergencia de estas formas autónomas de organización social demuestra que la estrategia gubernamental de militarizar el espacio público y judicializar a los dirigentes no logró desarticular el tejido de una huelga que ya no solo discute tarifas o subsidios, sino el modelo mismo de gobernabilidad del país.



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