Dos Nadas Gardelianas

Mañana es la final del Mundial y acá va el intento de conjurar el pasado para que explique algo de las cuotas de felicidad entre los de pata al suelo.
18/07/2026Martín OrellanoMartín Orellano

Hace cuarenta años.

Es tan irreal decirlo como pensarlo. Cuarenta años es dos veces veinte años que Gardel decía que es nada, son dos nadas gardelianas.
Y pesan, porque son muchos kilómetros en el lomo.

Tengo la emoción en el garguero desde hace un tiempo algo flojita de contenciones.
A cada rato lagrimeo por cualquier cosa, todo me emociona un poquito y en realidad es que estoy algo resquebrajado por todas partes. El Kintsugi no me funciona

Y sí, son muchos años donde pasó la vida misma y sus castañazos que nunca son pocos para los de abajo.

Pero hoy son cuarenta años, dos veces nada, de aquella final que compartí con mi vieja y mi hermano en un departamento de Las Flores. 

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Estábamos los tres solos, tenía 11 años, mi hermano 8 y mi vieja tenía 46. Ya mi viejo no estaba, ella estaba sola frente a todo lo que significaba estar sola y con dos borregos y pisando los cincuenta.
No puedo, ni aunque ponga toda mi energía, entender qué pasaba por la cabeza de esa madre que tenía las suelas ya gastadas de patear y patear la calle. 

Tenía que dejarnos solos para ir a laburar, aprendí que el laburo de mi mamá era "doméstica" sin entender qué significaba esa palabra. Pero aprendí a cocinar en ese tiempo porque era lo que se necesitaba para que ella pudiera ir a laburar.
Pero en ese '86 hay una cosa que recuerdo como cicatriz feliz, los partidos que mirábamos en la pieza de ella, los partidos donde un petiso de rulos y pecho inflado nos hacía retorcer de alegría y abrazarnos los tres. 

Gritábamos felices, y escuchábamos por la ventana, que daba a otros monoblocks, otro montón de gente feliz que también gritaba y festejaba.

Eran unos cuantos partidos de fútbol nomás, eran 22 corriendo atrás de una pelota, era el opio de los pueblos. Sí, pero aprendí que era algo único que podía hacer feliz a mucha gente aunque la vida la cacheteara.

En los últimos mundiales la costumbre fue caer a ese mismo departamento de Las Flores, con la camiseta nueva para el primer partido , ella se la ponía contenta y mirábamos todos los partidos juntos. Las alegrías de los mundiales nos fueron esquivas hasta hasta Qatar donde el mundial la encontró con su silla de ruedas donde otra vez éramos la Viejita y yo abrazados mientras Montiel se tapaba la cara con la camiseta Argentina. 

Y fuimos felices

Este mundial me encuentra sin la Viejita. Es el primero sin ella. 
Y cuesta.

Un amigo está tomando Gancia en cada partido con su Viejita y quiero brindar con ellos en cada encuentro. Me dan ganas de ir a abrazarlos en cada gol.

En estos días circulan textos y videos de las emociones que el mundial nos genera. 
Hubo una imagen que me quedó marcada entre muchas, un hombre de mediana edad, con su carro de ciruja, sus ropas gastadas, parado en un charco de agua escuchando los gritos de los edificios cercanos que le decían que la selección Argentina había pasado a la final, elevó sus brazos al cielo y se tapó la cara con sus palmas para contener su emoción. 
En su miseria cotidiana había un grito colectivo que lo hacía feliz por ese ratito. 

No sé qué es ser feliz ni cuánto dura, pero muchos de nosotros fuimos felices en el cabezazo de Lautaro frente a los ingleses.

Mañana no va a estar la Viejita para mirar la final conmigo, las ausencias con el paso del tiempo nunca se achican, al contrario, son agujeros que se agrandan.

Algo de mí va a volver a esa pieza de un departamento de Las Flores a mirar a mi vieja que se abrazaba con dos borreguitos y que fue feliz por un rato aunque la vida la cacheteara, donde fui feliz por abrazarla en el medio de una alegría colectiva

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Martín Orellano
18/07/2026
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