
Néstor
La Mecha EncendidaEl sol amaneció limpio y se fue volviendo sombra aquel miércoles 27 de octubre de 2010. El decreto era claro: todos adentro. Las planillas del Censo Nacional esperaban sobre las mesas de los comedores, entre mates lavados y facturas de ayer. La consigna familiar de quedarse a esperar al censista le daba al barrio un silencio de domingo largo, una calma chicha que, de golpe, se quebró como un cristal por el aire.

A media mañana, el murmullo de los televisores encendidos en cada manzana mutó en estupor. La placa roja en continuado. El corazón del hombre del Sur, ese que había caminado a contramano del viento patagónico toda su vida, había dicho basta. Murió Néstor.
El censo se volvió secundario. La verdadera estadística que empezó a contarse en las calles fue la del desconsuelo. El peronismo, que sabe de duelos históricos y de plazas colmadas bajo la lluvia, entendió al instante que no se asistía simplemente a la muerte de un expresidente; se abría el tiempo hacia una mística nueva. Y se abría también el enorme desafío de mantenerla viva.
La generación que se había criado al calor del «que se vayan todos» y del descreimiento absoluto, descubrió esa mañana que las convicciones costaban la vida.
Néstor Carlos Kirchner había llegado a la Casa Rosada con más desocupados que votos, cargando el saco cruzado un tanto holgado y la mirada estrábica clavada en un horizonte que pocos lograban ver. Fue el tipo que desarmó el manual de la solemnidad corporativa. Se tiró de cabeza a los vallados para abrazar a la gente, se rompió la frente con una cámara de fotos, le pagó al Fondo Monetario para sacarlo de la pieza de las decisiones y ordenó bajar los cuadros de la infamia en el Colegio Militar.
Volvió a hacer de la prepotencia de trabajo una bandera peronista. Mientras la militancia más joven armaba las mochilas y salía hacia la Plaza de Mayo con las banderas a medio asta, las barriadas del conurbano masticaban el impacto. La siesta de aquel miércoles feriado se transformó en una vigilia interminable.
Los pibes y pibas que nunca habían llorado a un líder político descubrieron las flores en las rejas, las velas derretidas sobre las veredas y las consignas pintadas a las apuradas con aerosol negro: “Néstor no se murió, Néstor vive en el pueblo”.
Dieciséis años después, en este presente texturado de urgencias y debates profundos sobre el rumbo del movimiento, el recuerdo de aquel censo interrumpido por el llanto colectivo sigue siendo un cable a tierra. La crónica de su partida no se escribe con letras de molde en un posteo en redes sociales, sino en la memoria de las manos que sostuvieron el fuego bajo la llovizna en la Plaza, jurando que la política nunca más volvería a ser una mala palabra.
En tiempos donde la distancia entre representante y representado amenaza con vaciar de sentido hasta el recuerdo más cercano, la figura del santacruceño funciona como un espejo incómodo para la dirigencia peronista actual. Respetar su legado exige abandonar los egos y las vanidades sectoriales para volver a encarnar la audacia de confrontar con los poderes fácticos. No se trata de pedir que aparezca otro igual, sino de exigirle a quienes intentan estar a la altura de las circunstancias, que tengan el mismo coraje en favor de las mayorías y la misma pertinacia para no dejar las convicciones en la puerta de entrada de ninguna negociación. Solo así, cuando la política vuelva a doler en el cuerpo y a sanar en los barrios, habremos logrado el verdadero sentido transformador que se fue con Néstor.


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