
Salud mental y salarios de miseria en las protestas de la policía santafesina
La Mecha EncendidaEl conflicto que atraviesa la policía de la provincia de Santa Fe en este inicio de febrero de 2026 ha dejado de ser una tensión administrativa para convertirse en una crisis humanitaria y política a cielo abierto. La muerte del suboficial Oscar Valdez, quien se quitó la vida frente a la sede de Infantería en Rosario, actuó como el detonante de un malestar que las bases policiales venían acumulando en silencio. No se trata únicamente de un reclamo por una recomposición salarial que saque a los uniformados de la línea de pobreza, sino de un grito de auxilio por la ausencia total de contención en salud mental dentro de una fuerza expuesta a niveles de violencia extrema. La imagen de las familias bloqueando el ingreso a las jefaturas sin afectar la operatividad de calle pero con una firmeza inamovible, devuelve la perspectiva de que detrás del agente hay un trabajador que padece el mismo ajuste que el resto de la sociedad.
La respuesta del gobierno de Maximiliano Pullaro, aunque intentó ser rápida con el anuncio de un plan integral que incluye transporte gratuito y un plus económico para el personal operativo, es leída por los sectores en protesta como un paliativo insuficiente ante la magnitud del deterioro. El reclamo de los autoconvocados apunta al corazón del sistema: exigen un haber inicial equivalente a la canasta básica y el fin del desarraigo forzado que obliga a miles de efectivos a viajar cientos de kilómetros para cumplir guardias interminables sin descanso real. Lo que la comunicación oficial presenta como resultados operativos exitosos en la baja de homicidios tiene, según denuncian los familiares, un costo oculto en la salud psíquica de los efectivos, quienes se sienten utilizados como piezas descartables de un tablero político. El pedido de informes elevado en la Legislatura provincial refuerza esta visión, señalando que la presión del entorno violento sumada a sueldos que no cubren las necesidades básicas genera un combo letal para quienes deben garantizar la seguridad pública.
En este marco, la protesta santafesina inaugura un componente inédito de participación civil de las familias policiales, que son quienes hoy ponen el cuerpo para evitar represalias directas sobre los agentes en servicio. El conflicto pone de manifiesto que la seguridad no puede construirse sobre la base del abandono de quienes la ejecutan. Mientras el Ejecutivo apuesta a que el desgaste o las mesas de diálogo con demandas que tildan de "difusas" diluyan la movilización, el malestar se extiende desde el sur hacia el norte provincial. La realidad es que, más allá de los anuncios técnicos, la familia policial ha llegado a un punto de quiebre donde la exigencia de dignidad laboral ya no acepta promesas a largo plazo. La crisis actual demuestra que el uniforme no inmuniza contra la crisis económica ni contra el agotamiento emocional, y que la única salida sostenible requiere dejar de tratar a la seguridad como una estadística de gestión para empezar a tratar a los policías como sujetos de derecho


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